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Un pequeño experimento

Domingo, 12 de junio de 2005

Coincidencia


Mi hijo es ese adolescente favorito al que quiero con locura, pero…

Si me pongo a analizar un día cualquiera, resulta que nos pasamos “discutiendo” la mayor parte del día:

Que si recoge tu habitación, que si haz la cama, ponte a estudiar, pon o quita la mesa, lleva tu ropa sucia al cesto, deja de ver la tele…

Estudia, estudia, estudia…

Por otra parte está: déjame en paz, ahora voy, eres una pesada…

Lo normal ¿no?

Será, pero no me gusta, no me gusta sentir que estoy “enfadada” (aunque creo que no es esa la palabra que define mi estado) desde que me levanto hasta que me acuesto.

No hace mucho que, después de una de “nuestras conversaciones”, me recordó la época cuando tenía dos años con el “no” y el “por qué”, pero peor, claro.

A esa edad, podría decir “no” y patalear, pero al final, si no le convencías, le cogías y le llevabas, o lo que fuera, pero ahora no se puede, entre otras cosas porque mide 1,93 m, (le llego al hombro, jeje), su cuerpo es más grande que el mío y no puedo con él.

Y en cuanto al “por qué”, a los dos años, le convencías con cualquier respuesta y ahora no hay forma de convencerle, siempre tiene razón, se cree que lo sabe todo y, además, su respuesta es “no se puede hablar contigo”.

Bueno, pues resulta que esa comparación la he leído, ayer:

Al igual que el niño pequeño empieza a descubrir su propia individualidad y necesita rebelarse contra su madre para afianzar su “yo”, en la adolescencia el joven necesita nuevamente rebelarse contra sus padres porque está en la encrucijada entre niño y adulto”. Coks Feenstra, psicóloga)

Por: MaríaS | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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